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Una jíbara en el Casals

Aquel que me conoce, sabe que me encanta la música clásica. De todos las artes, es la más que me llena. Así que decidí por fin comprar un boleto para ir a ver la Orquesta Sinfónica de P.R. Lo comenté en casa y mi hermano y mami se subieron a bordo del plan. Las compramos como mes y medio antes y desde ese entonces comencé a buscar como debía vestirme para un concierto como ese. Casi todos los días pensaba que me iba a comprar. Al final me compré una ropa que pensaba iba acorde con la ocasión. Llegó el día y nos fuimos. Al llegar me voy dando cuenta que las personas que se están bajando iban vestidas como para cenar en Casa Blanca. Tragué saliva, no mentira, empecé a joder como siempre hago. Estaba histérica en el carro diciendo que habíamos ido mal vestidos. Mami lo aceptó y más se jodió la cosa. Empezamos a caminar y llegamos al edificio de la Sala Sinfónica Pablo Casals. Si primero sentía que éramos la nota discordante del concierto, cuando entramos al edificio me convertí en una cucaracha rodeada de gallinas. Miré a mami, que ya me estaba mirando como si me conociera, y le dije “aquí está la crema de la Isla me cago en la...” no terminé la frase, pues ya estaba muy cerca de una señora que parecía que nunca había escuchado a alguien de la Isla cagándose en su suerte. Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para comprar en el Mall de San Juan, por supuesto, a mami y a mí nos había llegado tarde la nota, porque habíamos comprado en Marianne. La gran mayoría exhibía su copa de vino como si fuera el sello de su posición social. Así que me viro y le digo a Rafael “cómprame una copa de vino” a lo que él responde: “Nena, no tengo chavo.” Me reí, porque sabía que si hubiera tenido el dinero, hubiéramos tenido que ir a Google a buscar el nombre de un vino para no meter las patas mientras lo pedíamos. Seguimos caminando, desorientados claro está. Lo peor no era que no sabíamos para donde infiernos íbamos, lo peor era que se notaba. Por fin llegamos a nuestros asientos. Cuando entré a la sala empecé a recordar porqué realmente estaba allí. No tan solo me sentía complacida porque por fin estaba allí, sino por las expresiones de mi hermano. Los que lo conocen saben que él es un músico con el ego de un dios griego combinado con el de un faraón egipcio y que casi nada lo sorprende, pero ver su cara de agrado y satisfacción me hacía feliz. Mientras los músicos se acomodaban y yo contaba cuantas personas había en la Coral de San Juan, escuché la primera nota de un cello. Fue ahí cuando tuve mi primer infarto de la noche. Amo el cello. Vendería un órgano por el talento para tocarlo. Se me ocurre que quiero una foto de la Orquesta así que saco mi celular y la tomo. En lo que mi hermano se hacía pequeño en la silla y me regañaba, me doy cuenta que soy la única jíbara haciéndolo. Así que lo guardo. El concierto empieza y con él las lágrimas en mis ojos. No puedo evitarlo, amo la música. Mis emociones estaban todas revueltas por lo que mis oídos estaban escuchando y se me había olvidado que no encajaba allí. Mientras tarareaba y hacía gestos con las manos marcando las notas de una de las piezas que estaban tocando, se levanta la Coral y con ella 4 individuos, dos hombres y dos mujeres, quienes comienzan a cantar una ópera en alemán. Sus voces parecían inspiradas por las nueve musas griegas. La combinación de voces con la orquesta era un manjar artístico sin igual. En ese momento me di cuenta que ya no me sentía pequeña por la marca de mi ropa o por el valor de mis accesorios o porque no sabía dónde estaba mi asiento, me sentía pequeña por la gloria del momento. Me sentía pequeña, porque le había dado importancia a algo que tiene tan poco valor, tan asequible que el dinero lo puede comprar. La calidad de la música y la belleza de las voces opacaban cualquier idea de superioridad que había en el aire. Terminó el concierto y pensé en como contar lo que había vivido y esto fue lo que salió de esta jíbara que fue al Casals.

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