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Aprendiendo a nadar



         Hace alrededor de 7 meses me quedé sin trabajo y quedarse sin trabajo a los 24 años es tan difícil como a cualquier otra edad. Además de necesitar el dinero para unas  cuantas cuentas que tengo que pagar; existe este panorama donde a mi edad debo estar viajando a lugares remotos. Definitivamente esto, lo confirman mis amistades en las redes sociales. España, Costa Rica, Italia, Alemania, Francia, México y Perú, eran tan solo algunos de los lugares en los que los jovenes contemporáneos a mi edad estaban. Mientras estaba sentada, soñando con un viajecito relámpago, aunque fuera a Culebra, me vino a la mente que definitivamente debía realizar una lista de actividades que siempre había tenido el anhelo de hacer y que cumplieran con el requisito de ser económicas.  Desarrollé la lista y entre los planes, estaba ver una tortuga marina llegar al mar.
Pasaron unos meses desde esa iniciativa. Ya había cumplido algunos de los deseos de la lista y estaba buscando mi próxima hazaña. Un día, una de mis amistades más cercanas, me muestra una foto de ella acostada en la arena con un tinglar bebé a unos pies de distancia. ¡No podía creerlo! La experiencia se veía maravillosa, pero no podía dejar de pensar que no me había llevado con ella. Comencé a preguntarle cómo había logrado hacerlo y le dije lo mucho que me encantaría vivir esa experiencia. Unas semanas después, mi amiga me comenta que tiene planes de volver y me invita a que la acompañe.No podía creer que iba de camino a una de las experiencias más anheladas por mí. 
Llegamos a una playa en Dorado, a eso de las 5 de la tarde, estaba nublado y aunque de vez en cuando caía una que otra gota, la tarde prometía ser una aventura. Esperamos por la llegada de los voluntarios oficiales del mantenimiento y conservación de los nidos (quienes están autorizados por el Departamento de Recursos Naturales y capacitados para la labor que hacen) y comenzamos la caminata. Alrededor de la playa se podían ver decenas de estacas de maderas con cintas que indicaban que allí había un nido de tinglar. Junto a los nidos, estaba lo más impresionante, unas huellas gigantes en la arena, que mostraban que por allí había pasado la tortuga más grande que existe en el planeta. 
Nido rotulado de Tinglar
Huellas del Tinglar en la arena
Después de varios minutos caminado, llegamos a un nido que tenía la fecha de ese día, lo que significaba que ese día habían nacido unos tinglares o el termino correcto, había ocurrido una eclosión. Yo estaba emocionadísima y con mucha atención escuché lo que nuestro guía hablaba acerca de estos majestuosos animales. Nuestra labor allí, como bien había sido explica, era de verificar y contar los huevos que habían sido incubados completamente, aquellos que crecieron un poco pero que no llegaron a nacer y los que no se dieron (huevos falsos), pero principalmente teníamos que verificar que ningún tinglar bebé se hubiera quedado atrapado en el nido esa madrugada que por primera vez iban a enfrentarse al inmenso mar que se les anteponía. Se abrió el primer nido y se lograron sacar alrededor de lo que en algún momento fueron  80 huevos, de los cuales nacieron alrededor de 50 tinglares. Aunque estaba muy feliz por el número de tortugas que habían llegado al mar, mi experiencia no estaba completa. ¡No podía irme sin ver un tinglar! De momento, avisan que habían encontrado en los otros nidos a dos tinglares y sentí un alivio.¡No me iba a ir sin ver los tinglares!


La totalidad de los huevos y cascarones 

Caminamos hacia la orilla, desde donde, en algún momento, los tinglares tendrían que irse. Entonces, ahí fue que por primera vez vi una de las maravillas más hermosas que nos ha dado este planeta: una tortuga marina. Allí estaba, en un pequeño hoyo cavado por las manos de una rescatista, en lo que llegaba la otra tortuga, para que no se fueran solitas al mar. A esa primera la llamaron Mily. Era bella, parecía ser muy delicada e inquieta y era más pequeña que mi mano. Mientras la veía llena de energía y ansiosa por emprender su nueva aventura, simplemente me senté en la arena y la contemplé durante minutos. Sabía que tenía que atesorar bien ese recuerdo, porque ciertamente era algo que no se me iba a dar muy  a menudo. 

Mily


Un tiempo después de haber rescatado a Mily, rescatan a Cherry, la segunda tortuga. Entonces, llegó el momento que los tinglares estaban esperando y la hora de decirle adiós a esas dos criaturas. Los rescatistas las colocaron alejadas del agua y ellas comenzaron a moverse hacia el mar. Mily y Cherry no tenían idea de lo que les esperaba. No sabían con quien tendrían que luchar o con que se encontrarían en el camino. Solo sabían a donde tenían que ir y estaban más que dispuestas a comenzar ese largo viaje. De pronto, mientras las veía acercase cada vez más al mar, pensé que era tiempo de aprender a vivir como Mily y Chery lo estaban haciendo: sin miedo, sin tambalear, sin detenerse y con la seguridad de que no importa lo que oculten las profundidades de la vida, podemos llegar a la meta.
Cherry y Mily llegando al mar

Comentarios

  1. De eso se trata escribir nuestras experiencias en palabras sencillas que logren capturar la atención del lector, muy bueno!!!!

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    Respuestas
    1. Gracias por el apoyo, me alegro que lo disfrutaras.

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Tremenda experiencia compartida, muy emocionante.

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