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Una “justicia” que no te deja decir adiós

En la noche del 7 de enero de este año, mi madre y yo recibimos una de las peores llamadas que una familia puede recibir. Para eso de las 10:30 p.m., me encontraba de regreso a mi casa, cuando unos disparos se dejaron sentir en el casco urbano de mi pueblo. Habían asesinado a mi primo frente a la casa de nuestro tío. No puedo dar detalles específicos sobre cómo esa larga noche, pues no recuerdo con exactitud, pero si cierro mis ojos, aun puedo ver la escena del crimen como si la hubiera dibujado en mi memoria.
Tal vez no hayas escuchado sobre como la vida de mi primo se apagó en unos segundos, pues no era hijo de una mujer pudiente o  esposo de una figura de nuestro gobierno, pero si de algo estoy segura es que era un ser amado por su familia. Su vida estaba marcada por malas decisiones que no voy a detallar y probablemente muchos piensen que fue una muerte merecida, pero ya estoy en una etapa donde no me afectan ese tipo de comentarios. Me afecta que aun después de todo lo que mi familia ha pasado, la policía no haya capturado al perpetrador de los hechos. Pareciese como si en esta Isla hubiera que tener un apellido de importancia, un puesto público o dinero para que la justicia llegue a nuestros hogares.
No cuestiono la capacidad de la Policía de Puerto Rico para resolver crímenes, pues entiendo que el potencial existe, más bien, cuestiono la integridad de su trabajo. ¿Acaso se resuelven solo los crímenes sobre los cuales se pueda obtener algún beneficio?

Pienso en todas las personas que han pasado por lo que mi familia está pasando y mi corazón rápidamente va con ellos. Yo no pido justicia para la victimas, pido justicia para esas familias, que como la mía luchan por sobrellevar el dolor. Dolor que no pueden dejar en la tumba junto a la victima porque el proceso no está completo.  Damos una despedida a medias, pues esta “justicia” no nos permite decir adiós. 

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