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Boricuas en la calle: una realidad ignorada

“Todos los días, al acostarme, antes de dormir, lloro como por media hora.” Con esas  palabras José (seudónimo que utilizaré para proteger su identidad) expresó la agonía que vive día a día en la calle. Con la voz triste y sin hacer mucho contacto visual, nos contaba como su equivocación lo llevo a perder su casa y a su hijo de 10 meses. Este caballero de 49 años, lleva alrededor de 3 meses albergándose en un centro para personas sin hogar en Arecibo. Mientras hablaba con él me contaba que tenía 1 año y medio aprobado en ingeniería química,  que no era usuario de sustancias controladas y que no contaba con el apoyo de su familia para salir de la calle y regresar a su hijo.

La historia de José, formó un cuadro en mi mente que jamás olvidaré. Sus palabras de dolor y arrepentimiento han resonado en mi cabeza una y otra vez. Me hacen reflexionar  en lo equivocados que  podemos estar cuando pensamos que estamos exentos de que nos ocurra algo similar. Vivimos una vida egoísta que nos ciega de la realidad del mundo y nos incapacita, nos priva de sentir empatía.

La indigencia, es un problema social que ha ido en aumento alarmantemente a consecuencia de la crisis económica que afecta el país. Según el Conteo de Personas sin Hogar 2015, existen 4, 073 personas sin hogar. Este número incluye desde adolescentes hasta ancianos, que pueden ser usuarios de sustancias controladas, personas que padecen alguna enfermedad mental y/o profesionales. Lo que nos muestra que crear un estereotipo para las personas que vive en la calle, es una gran equivocación.

Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en las circunstancias que obligaron a un caballero que llamaremos David, a deambular en las calles de Arecibo. David, es un hombre de 58 años que no tiene familia, es divorciado y perdió su empleo como inspector en DACO  hace unos meses. Al preguntarle si tenía algún problema con las drogas, me respondió que no y abundó sobre como las personas pensaban que por vivir en la calle, automáticamente lo marcaban como usuario de drogas. Esa perspectiva es muy común en nuestra sociedad causando que estas personas sean marginadas y rechazadas, privándoles una oportunidad de vivir dignamente, de tener una segunda oportunidad.

Antes de cuestionar lo poco o mucho que ha realizado el gobierno respecto a esta situacion,  debemos cuestionar primeramente que hemos realizado nosotros como sociedad y como individuos. Nuestro primer trabajo es ponerle un alto al juicio que emitimos contra esta comunidad. ¿Quiénes somos para señalar? Todos en el algún momento hemos cometido errores que nos han costado algo importante en nuestras vidas. Creo que todos debemos tener la oportunidad de intentarlo nuevamente. Segundo, debemos ser capaces de aprender a ser humanos nuevamente. La capacidad de saber ser humano es poder calzar el zapato del otro y tener empatía al ver el dolor en el que viven muchas personas.

Llevo meses junto a un espectacular  grupo de voluntarios, asistiendo algunas de las necesidades de las personas sin hogar y desde el momento en que comenzamos, nuestras vidas han tomado una visión diferente. Hemos visto tanto y hemos aprendido tanto. Definitivamente esta comunidad nos ha pagado de vuelta con experiencias que no olvidaremos. Recuerdo que la primera vez que fuimos a llevarles comida, a una amiga que me acompañaba, se le rompieron los zapatos que tenía puesto. Así que este hombre, que solo tenía un colchón viejo y roto para dormir y una cortina para cubrirse,  buscó unos zapatos que le habían regalado, los cuales no habían sido usados aun y se los obsequió a mi amiga sin pensarlo dos veces.

He visto como ellos teniendo muy poco o casi nada, se cubren las necesidades entre ellos y son capaces de desprenderse de sus pertenencias para ayudar a otra persona. He apreciado como agradecen cada detalle. He entendido que para ellos, no existe el solo acto de  regalar  una camisa o un plato de comida, sino que con ese detalle se  le está regalando una esperanza, una razón por la cual levantarse al otro día para seguir luchando y una oportunidad para ver esa luz en medio de la oscuridad. Sus rostros reflejan un agradecimiento que solo se da cuando alguien te regala la posibilidad de vivir por un momento más

Cada vez que tengo la oportunidad de compartir con ellos me llevo una lección de vida diferente. Por eso encuentro muy lamentable que vivamos ignorando lo que pasa a nuestro alrededor, entretenidos por una cultura egocéntrica. La realidad es que mi grupo y yo no hacemos esto porque creamos ser mejores personas o porque buscamos ser admirados. Lo hacemos porque creemos en una humanidad que puede restaurarse y eliminar las divisiones y porque creemos que podemos volver a humanizarnos y a entendernos. Lo hacemos porque como dice Jean de La Bruyèr, la generosidad no consiste en dar mucho, sino en dar a tiempo.”


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